TEMPUS FUGIT

Igual que nuestros antepasados se reunían y contaban historias, avatares cotidianos, "sucedidos", les llamaban... o aquellas cuestiones que les interesaban, me apetece utilizar este soporte contemporáneo, para hacer más o menos lo mismo. Y es que en el fondo muchas de las ansias de los seres humanos siguen siendo las mismas: amar, comunicar, tener cubiertas sus necesidades básicas... Y en medio de todo eso, el eterno dilema entre Ética y Estética para conseguir seguir adelante... para VIVIR.

miércoles, 7 de septiembre de 2016

PASADOS VACIOS






No todo tiempo pasado fue mejor. 
Aun así, los lugares abandonados parecerían indicar lo contrario. 
Con el deterioro, el abandono y la destrucción, 
la memoria idealiza el brillo 
y el oropel que muchos de esos sitios nunca tuvieron, 
exagerando los lujos y el bienestar 
que disfrutó la gente mientras vivía en ellos. 
Los criterios de análisis se alteran 
y sobrevaloramos las cosas por 
el solo hecho de que ya no están. 
El recuerdo nostálgico es el responsable de tal operación
 y, frente a las ruinas de «lo que ya no es» 
(o «dejó de ser»), 
la antigua realidad adopta características que nunca tuvo. 
El contraste con aquel pasado, 
considerado como una 
Edad de Oro”, 
explota cuando se observan viejas fotos 
y los restos de la juventud se materializan en 
las estáticas imágenes de las placas. 
Felicidades congeladas. 
Cotidianeidad eternizada por una máquina fotográfica.   
Fernando Jorge Soto Roland




Caminar entre pueblos abandonados, suele sumergirme en un laberinto de emociones, que a menudo alcanzan a derivar en refractarias o incluso antagónicas entre sí.
Recuerdo la sensación de tristeza, que me produjo, hace ya muchos años, visitar uno de éstos pueblos de la Sierra de Guara. Al entrar en la escuela, tirados, y cubiertos por el polvo, todavía aparecían tendidos sobre el suelo, cuadernos, libros y por supuestos los pupitres e incluso algún mapa. También habían dejado tiradas algunas cartillas de racionamiento, como si en esa marabunta, que se produce, al pasar página de forma violenta y renegada, alguien hubiese querido mezclar, para dejarlos juntos, agavillados, los recuerdos de los más sórdidos momentos. Confieso que me llevé una.

Más adelante, he ido conociendo otros caseríos, pero ya completamente desvalijados. Siempre que me veo en tal situación, me aborda un sentimiento, que no es otro, sino el de perpetuar sobre mi conciencia, el hecho de que, al llevarme yo aquella cartilla, de alguna manera, también estaba contribuyendo al pillaje y la devastación.





Suelo verlos cuando el tiempo acompaña, pero por mucho sol que brille, nada puede evitar que una gran sensación de vacío, de soledad y de desamparo, me atrape ante esas casas y calles que un día estuvieron llenas de vida.

En ocasiones, todavía puede apreciarse, que en algunas de ellas, sus dueños, perseveran en el intento de que no terminen de caerse. Se nota, como de vez en cuando dan una vuelta, renuevan la cadena y el candado, le colocan alguna uralita al tejado… 

Por el pirineo, si el acceso es decente, las hay incluso, que hasta hace poco tiempo casi eran una ruina, y sin embargo, recientemente están comenzando a ser restauradas.





Pero hay lugares apartados, menores, en donde seguramente nunca volverán a escucharse ya, los ecos de lo que, en otro tiempo, fueron voces cotidianas. Están prácticamente derruidos y comidos por la maleza.




A mí, cada vez que intento penetrar en ellos, se me desbordan las ideas y llegan a convertírseme en quimeras. Veo esas rejas de balcón, que se sostienen haciendo, malabarismos en el aire, y los imagino llenos de geranios y con algún gato sesteando.




Tras lo que queda de la estructura de una ventana que en ocasiones, no es, sino únicamente el dintel, veo a alguna abuela tocada con pañuelo y toquilla tras los cristales, en un día de intenso frío. 
















































Y en esas pequeñas plazoletas, casi veo hablar a las mujeres, al atardecer de los meses de verano, cada una con la silla traída de su casa, mientras los hombres se fumaban esos eternos cigarros de petiquera, a la par, que arreglaban su pequeño universo sentados en bancales de piedra.

O en los lavaderos, ¡Cuantas habladurías, cuantas estratagemas en torno a no se qué noviazgos y cuantos bulos de embarazos…! Pero también, que buen lugar, para llorar a escondidas a los muertos y para compartir secretos que llegaban de lejos.










Pero lo que más pena me da son las casas y sus silencios. Y en ocasiones pienso que algunos de los que marcharon no lo hicieron del todo, y que desde lo más sombrío de lo que todavía se conserva en pie, nos ven. Intrusos, atajo de rateros, pensarán, ahora llegáis… a contemplar la ruina de este pueblo… que hasta los llamadores de las puertas, los herrajes y las placas del sagrado corazón nos las habéis robao.

Y sin embargo sigo visitando estos lugares, quizás porque en su silencio se mezclan mi inquietud y mi nostalgia, y me despido de ellos, cada vez que inicio el retorno a la civilización, con el ruego, no sé muy bien a quién, de que en cuanto pueda, regresare a visitarlos.




Las fotografías son de la autora y pertenecen a núcleos despoblados del Pirineo Aragonés


Los lugares abandonados 
destilan un “anhelo del pasado”, 
un sordo sufrimiento por algo que se tenía 
y que ahora ya no se posee ni controla. 
Los sitios abandonados encarnan 
al pasado convertido en paisaje. 
Materializan el desgastante paso del tiempo, 
y sus secuelas.

sábado, 30 de julio de 2016

DOLCE FAR NIENTE

Dolce Far Niente de  John William Godward , 1904



"Ahora que tienes todo mi verano en tu mano,
que conoces mi pulso y el calor de mi sangre,
que me duermo en tus ojos de ternura y escucho
las canciones más dulces de la mar y la aurora;
ahora que he aprendido a escuchar tu silencio
y a perderme en tu pecho como en un paraíso,
enséñame, si sabes, a vivir de otra forma,
porque no sé vivir sin tu voz ni sin tus brazos" 


                       José Miguel Santiago Castelo (1948-2015) 



En éste tórrido verano, hace demasiado calor para escribir. Se me ocurre que quizás, los días sean más propicios para la mera contemplación de la belleza, para dejar que la mente se relaje y disfrute con lo ya creado. Por eso hoy, únicamente unos párrafos ajenos y las imágenes que tanto y tan nos pueden hacer divagar, me parecen el mejor regalo. Y como no, la música, la eterna música que del mismo modo nos transporta, y es capaz de llevarnos a mundos tan nuestros como ajenos.


Sigue fascinándome esta canción, que anteriormente cantó como fado, la gran Amalia Rodrigues, y a la que para mí, Dulce Pontes, supo dar un toque novedoso y lleno de ternura. Un poco más abajo encontraréis la letra en castellano.

https://www.youtube.com/watch?v=H8k1wHjS2Vw




Sueños de Clara Montalba (1842-1929)



POR UNA LAGRIMA TUYA

Llena de penas
Llena de penas me acuesto
Y con más penas
Con más penas me levanto
En mi pecho
Ya se quedó en mi pecho
Esta manera
La manera de quererte tanto
Desespero
Tanto por mi desespero
Dentro de mí
Dentro de mí el castigo
Yo no te quiero
Yo digo que no te quiero
Y de noche
De noche sueño contigo
Si pienso
Que un día he de morir
Me desespero
Por no poderte ver
Extiendo mi chal
Extiendo mi chal en el suelo
Extiendo mi chal
Y me dejo adormecer
Si yo supiera
Si yo supiera que muriendo
Tú me habrías
Tú me habrías de llorar
Por una lágrima
Por una lágrima tuya
De alegría
Me dejaría matar




Sol ardiente de junio de  Frederic Lord Leighton, 1885

domingo, 24 de julio de 2016

EL ESPERPENTO

El cambista y su mujer de Marinus van Reymerswale


MEDITACIÓN EN EL UMBRAL

No, no es la solución
tirarse bajo un tren como la Ana de Tolstoy
ni apurar el arsénico de Madame Bovary
ni aguardar en los páramos de Ávila la visita
del ángel con venablo
antes de liarse el manto a la cabeza
y comenzar a actuar.

Ni concluir las leyes geométricas, contando
las vigas de la celda de castigo
como lo hizo Sor Juana. No es la solución
escribir, mientras llegan las visitas,
en la sala de estar de la familia Austen
ni encerrarse en el ático
de alguna residencia de la Nueva Inglaterra
y soñar, con la Biblia de los Dickinson,
debajo de una almohada de soltera.

Debe haber otro modo que no se llame
Safoni Mesalina ni María Egipciaca
ni Magdalena ni Clemencia Isaura.
Otro modo de ser humano y libre.
Otro modo de ser.
                                                        Rosario Castellanos

La mujer que escribe no deja de sorprenderse. Le encanta la convivencia de tú a tú con el sexo puesto, por lo que tiende a rechazar ese prurito que de vez en cuando se le escapa a algún homo sapiens poco evolucionado de esos que todavía pueblan nuestro entorno. El rebote la lleva a pensar si todavía, el susodicho, no forma parte, de ese eslabón perdido sobre el que tanto se investiga.
Han pasado algunos días y todavía anda mosqueada. Paso a centrar el hecho. 

Unas cuantas parejas se encuentran en un velador del centro de la ciudad. La que suscribe, se encuentra muy bien situada entre un chico joven que está junto a su novia y su propia pareja. En el otro lado del velador, casualmente ha coincidido la parte femenina del grupo. El imbécil, se dirige a mí y me indica que debo situarme con ellas para hablar de “trapitos”. Hago como que no he oído nada. Insiste, y a la tercera vez me coloca una silla y prácticamente me obliga a levantarme y situarme entre ellas. Lo hago, sobre todo para no montar un escándalo de muy señor mío y porque no tengo nada contra ellas, son viejas conocidas.




No termina allí la fiesta. Amenaza tormenta, nos dispersamos. Camino por delante, hablando con alguien. Una amiga comenta que he vuelto a adelgazar y le contesto que no, que al contrario, que mi trasero se ha ensanchado por estar más tiempo sentada. El sujeto aprovecha y suelta una grosería sobre mi culo. De nuevo me reprimo. A dios pongo por testigo de que es la última vez (ya que por supuesto no es la primera).
La próxima, que la habrá, se le van a caer los palos del sombrajo. Lo dejaré con la boca cerrada durante una buena temporada. Cuando nadie te saca las castañas del fuego, te acostumbras a ser tú misma la que tiene que poner al personal en su sitio.
Todo esto forma parte de ese machismo asquerosamente larvado con el que tenemos que lidiar cada día. Una forma de ver la vida, que a la vista de la nula reacción por parte de los demás, se acepta de facto. No sé si me duele más su actitud, o el silencio cómplice y grosero del resto.


Adán y Eva de Lucas Cranach el Viejo


Insisto. Mi rebote no tiene límite. Yo, que me siento compañera y amiga de los hombres, me indigno ante la postura de estos pobres desgraciados que todavía no han conseguido entender el mundo en el que viven. De todos modos, así les va.



jueves, 30 de junio de 2016

LA MUJER QUE VIAJA

Con maleta de Rossana Pizarro



Los viajes precisan de un impulso mítico, aunque los impulsos sean más caseros y humildes que los de los tiempos heroicos, cuando los hombres iban a conquistar ciudades como lo hicieron con Troya los Agamenón, Aquiles y Ulises; a robar vellocinos de oro a la Cólquide, como, Jasón y sus argonautas; o a matar en Nemea un temible león, como Hércules; o a fundar ciudades, como hizo Eneas en el Lazio. Si el impulso mítico se diluye, por pequeño que sea el mito, el viaje se pierde. No obstante, a veces el viaje va construyendo su propia mitologia".
                          Javier Reverte, Canta Irlanda (2015, pp 19)



La mujer que viaja, no tiene prisa. Lejos quedaron, ya, los deseos de comerse el mundo. La mujer que viaja, no envía fotografías por whatsApp, se parece un poco el “Tercer Hombre”, vive su propia peripecia. A su regreso, comentará, acaso, con alguien íntimo, lo que crea oportuno, pero nunca hará alarde de recorridos, visitas, comidas, bebidas…
La mujer que viaja, viaja consigo misma, y así, es ella quien experimenta el placer del trotamundos. La preparación del itinerario es ya una parte del camino.  De manera reservada, ella, ha ido eligiendo cuidadosamente los lugares que desea visitar, no todos, son aptos para su objetivo, leyó a los autores autóctonos, e intentó conocer la mitología y la historia del país que visita.
Pero como vive en el presente, ha de someterse a las imposiciones a las que obliga la contemporaneidad. Tiempos de aeropuertos… tiempos muertos, que contrastan con esos otros, en los que una se ve sometida a pasar por esas mangas de ganado, en las que se han convertido los controles policiales. Tiempos en los que el absurdo, llega hasta lo insospechado. Requisan botellines de agua y dejan pasar las llaves de tu casa con las que podrías cortarle la yugular a una azafata…



www.expansion.com


Pero la mujer llega a su destino y comienza su propio periplo. Y como Ulises, escucha cantos de sirenas, pero se pide a si misma amarrarse fuerte para no dejarse arrastrar por ellas y conseguir su objetivo. Habitualmente, estos espacios, esperan al turista-viajero con los brazos abiertos. No diré que todo lo que ofertan sea malo, pero una debe ser cauta y seleccionar. De lo contrario, la perderán o se perderá ella sola en el laberinto, y no llegará a captar la verdadera esencia del lugar visitado.

Manejar un buen plano es esencial, así como tener muy claro el objetivo de su viaje, y no acumular los típicos “souvenirs” resulta elemental; los recuerdos, quedan impresos en el alma.

La mujer viajera, en las ciudades, gusta de pasear sin prisa por las calles, tanto las céntricas como en algunas de barrios periféricos, de modo, que pueda penetrar más profundamente en la esencia del lugar. Si se trata de pueblos también es posible, al menos en apariencia. Así, una huele, siente, escucha los diferentes sonidos y ruidos. Comprueba el grado de limpieza y educación, la tolerancia y carácter de sus gentes; con los cinco sentidos en acción se pueden captar tantas y tantas cosas…
Visita los monumentos y museos que le interesan, que no siempre coinciden con los más famosos. La mujer viajera siempre se alimenta de comida autóctona, eso forma parte del conocimiento del lugar, y si le es posible, comparte mesa, con las gentes del lugar.

Por eso, los últimos años, la globalización la entristece. Los centros de las ciudades, se han convertido en parques de interpretación monotemáticos, en los que las grandes cadenas comerciales de tiendas de ropa y comida, han expulsado a todo aquello que era autóctono. De este modo, da lo mismo caminar por Praga, por Dublín, por los Campos Elíseos, por la Gran Vía Madrileña, o por cualquier otra ciudad.


El Autobús  de  Vladimir Stroyev, 1955


La mujer viajera no deja de sentir cierta añoranza por aquellos tiempos en los que cada ciudad tenía su propia idiosincrasia. Pero nada se puede hacer ya, el tiempo avanza irremisiblemente, para todo y para todos…


A pesar de ello transitar, sigue siendo uno de los grandes placeres para la mujer viajera. Los paisajes cambian, y las gentes también. Y si una es capaz de conectar, libre de miedos y prejuicios, sabe que la recompensa no tiene precio. La identidad vuelve expandida, aunque el precio que pueda pagar, sea, el de traer un par de kilos de más en su cansado cuerpo.


En camino de Georgy Grigorievich Nissky, 1903 - 1957


“…suelta las cuerdas de tus velas. Navega lejos del puerto seguro. Atrapa vientos favorables en tu velamen. Explora. Sueña. Descubre”. (Mark Twain)