TEMPUS FUGIT

Igual que nuestros antepasados se reunían y contaban historias, avatares cotidianos, "sucedidos", les llamaban... o aquellas cuestiones que les interesaban, me apetece utilizar este soporte contemporáneo, para hacer más o menos lo mismo. Y es que en el fondo muchas de las ansias de los seres humanos siguen siendo las mismas: amar, comunicar, tener cubiertas sus necesidades básicas... Y en medio de todo eso, el eterno dilema entre Ética y Estética para conseguir seguir adelante... para VIVIR.

sábado, 8 de octubre de 2016

ZARABANDA PARA UNA INFANTA TRISTE



"Las Meninas". Diego Velazquez, 1656

Millones de ojos me han contemplado a lo largo de la historia, y yo, entre el lienzo, los óleos y los barnices, siempre acabo lamentándome de la falsa imagen que la gente tiene de mí. ¡Qué belleza, es preciosa y tan rubia…! ¡Que mona, se atreve incluso a decir, alguna cursi! Y encima, en tal cantidad de idiomas, que a veces, cuando, los encargados de la sala, al oscurecer, cierran, y todo queda en silencio, me entran ganas de saltar del cuadro. Sueño entonces, en ir a descansar junto a esa maravillosa escultura del Hermafrodito, que mi maestro mandó hacer y traer de Italia, a partir de una copia romana del original griego, que era de mármol del siglo II d. de c. y que está en el centro de la estancia.


El Hermafrodito

Si me expreso así, es, porque de hacerlo como en mi tiempo, el lenguaje sería demasiado retórico, y al fin, ¿para qué complicar más las cosas? Con el paso de los siglos, una, se ha acostumbrado a escuchar tantas expresiones y voces, que vale más hacerlo con sencillez, aunque pueda parecer vulgar…

Pero no quiero ofuscarme, ¡ah, esta memoria! Si escribo, es para desahogarme, porque, mucha Infanta de España, y mucha Emperatriz, pero a mí, nunca me dieron a elegir nada en mí vida. De todos modos, esto debe ser una maldición, porque a mi madre, ya le pasó lo mismo, otro día os lo cuento.

Otro retrato de Velazquez.

¡Ah, perdón! que extravío tan inaceptable para mi... en fin, Dios me perdone. Me presento, soy Margarita María Teresa, Infanta de España y por matrimonio, Emperatriz , del Sacro Imperio Romano Germánico, Reina de Hungría y Bohemia, y Archiduquesa de Austria.
Yo nací, en el Real Alcázar de Madrid, un 12 de julio de 1651, mis padres, eran los reyes Felipe IV y su segunda esposa Mariana de Austria. De él, qué decir. Solo con sus avatares matrimoniales y sus líos extraconyugales, se podría escribir un libro.
En 1615, cuando tenía diez años, se casó con Isabel de Borbón (hija de Enrique IV de Francia), claro que ya los habían comprometido cuando él tenía seis. Ella, en cambio, tenía tres años más que él. Tuvieron siete hijos pero sólo dos llegaron a adultos. Os los nombro, para que veáis, que aquí, por aquel entonces se tardaba casi menos en morir que en nacer.
María Margarita (14 de agosto de 1621); Margarita María Catalina (25 de noviembre de 1623-29 de diciembre de 1623); María Eugenia (21 de noviembre de 1625-1627); Isabel María Teresa (1627); Baltasar Carlos (17 de octubre de 1629-9 de octubre de 1646), príncipe de Asturias; María Ana Antonia (17 de enero de 1635-6 de diciembre de 1636) y María Teresa (1638-1683), reina consorte del rey Luis XIV (9 de junio de 1660).
Tras morir Isabel en 1644, se casó de nuevo, en 1649, esta vez con mi madre, que además era su sobrina, Mariana de Austria, (después de otro lío, que como os he prometido, os explicaré), con ella otros cinco hijos, pero también esta vez, la muerte la muerte danzaba libremente. Sólo llegaríamos a adultos mi hermano pequeño, Carlos (1661-1700), que reinaría como Carlos II, y yo que era la mayor. En fin, que en la corte española, se pasaban el tiempo entre bodas y lutos. Y menudos duelos, desde los trajes hasta las vajillas…
Pero además, parece ser que mi buen padre tuvo, por lo menos, treinta hijos bastardos, aunque sólo reconoció oficialmente a dos, y eso que a uno de ellos lo hicieron legitimo tras su muerte. Algunos de los bastardos, ostentaron sus buenos cargos, en conventos, unas, y alguno en un importante obispado, otros en la corte... es lo que tiene la sangre…


El caso es que a Madrid, había llegado ya en 1663, el conde de Pötting como embajador imperial para conseguir mi mano para su señor Leopoldo, y cumplió, el 6 de abril de ese mismo año se publicaron los esponsales, y el 18 de diciembre se firmaron las capitulaciones matrimoniales por el Sr. conde de Pötting y el duque de Medina de las Torres. Mi suerte estaba echada.

Pero mientras, el Rey, mi padre, me retenía en Madrid como dándoles largas, porque no estaba claro que mi hermano pudiese llegar a heredar la Corona, y en Viena al emperador Leopoldo I le urgía que yo me casase cuanto antes, sobre todo porque necesitaban un heredero. Una maldad (pero en voz baja): Mi hermano era bastante flojucho, y nadie daba un real de plata por él.

A los ocho años, Diego Velazquez


Pero por fin, el 22 de noviembre de 1665 se celebró, con gran solemnidad, como anticipo de los regalos de boda, la entrega de las joyas con las que el emperador me agasajaba. Todo muy pomposo, que ya tomó buena nota el Sr. Conde de Pötting en su diario:

«…el conde de Harrach, después [de] la debida representación, entrego las joya que consistian en tres diferentes pieças: dos vinculadas de la Casa la primera de cinco esmeraldas de esçesivo tamaño, la segunda un rubi, una rosa de diamante, y una perla, cosa por su raredad de grandisimo valor, y la tercera, que venia propia, una grande caja del retrato del Emperador mi Señor, de varios y grandisimos diamantes, labrado al uso de hoy, admirablemente..”

Y entonces, en mi Real Casa, va y fallece mi padre el 17 de septiembre de 1665, mi madre queda como Regente y sin prisa alguna por que yo me fuese (ya se sabe, problemas sucesorios…) y en Viena con apremios para acelerar los trámites de la boda, porque querían un heredero cuanto antes.

De luto por su padre con 14  años. Juan Bautista Martinez del Mazo


Por cierto, hablando de lutos, a mí se me paso la infancia en una constante preparación para la que se me venía encima: Ser emperatriz. Por eso me pasé la vida, posando para enviar a la Corte Imperial retratos que justificasen que crecía sana y en perfectas condiciones. Y como aquí, íbamos de luto en luto, hubieron de enseñarme algunas danzas de corte de la época. Pero con tanto duelo, era siempre de una forma tan discreta que a mí se me tornaban, más que bailes, ejercicios físicos reiterativos hasta la saciedad. Músicos viejos y unas parejas de baile, que a la fuerza, que en vez de alentar, quitaban las ganas de danzar…



A los quince años, retrato de Juan Bautista Martinez del Mazo

Mi boda se celebró por poderes el día de Pascua 25 de abril de 1666 en la corte de Madrid, representando al Emperador, el Duque de Medínaceli, estaba también el pequeño Carlos II (mi padre, había muerto el año anterior como os he contado,) y  la reina Mariana, y asistió el conde de Pötting, como embajador imperial, junto a los Grandes de la Corte.


En 1666, retrato de Francisco Ignacio de la Iglesia

Ya habían preparado todo para mi largo y definitivo viaje. Me acompañaba, como Camarero Mayor, el Duque de Alburquerque. Salimos de Madrid el 28 de abril hasta Denia, en donde el 16 de julio, embarcamos en la Armada Real de España, escoltados por  galeras de Malta y  del gran duque de Toscana. Fuimos a Barcelona, llegando el 18 de julio. Yo que acababa de cumplir 15 años, nunca olvidaré los grandes honores con que se me recibió, y como me trataron en esa ciudad. Todo eran agasajos, fiestas y regalos.

De allí salimos el 10 de agosto, también en barco, hacia Finale en donde me recibió don Luis Guzmán Ponce de León, gobernador del Estado de Milán el 20 ese mismo mes. Descansamos hasta el 1 de septiembre y partimos para Milán, a donde llegamos el día 11. El 24 de septiembre salimos para llegar a Venecia. Y por fin el 8 de octubre entrábamos en Roveredo, primer punto del principado-obispado de Trento (esto era lo que se había acordado para llevar a cabo las solemnes entregas que debían llevar a cabo el 10 de octubre). Ese día, el Duque de Alburquerque, en nombre del Rey y de la Reina Gobernadora, me entregó, ya como Emperatriz, al Príncipe de Dietrichstein y al cardenal Harrach, obispo de Trento, designados para el evento por Leopoldo I. Seis meses de viaje. ¡Seis! Llegue muy cansada, pero una infanta de España, en aquellos tiempos, aguantaba lo que le tocase.


El Real Alcazar de Madrid en en siglo XVII


El Palacio de Hofburg,en Viene donde el vivían, y que fue remodelado

Mi entrada oficial en Viena aconteció un gélido cinco de diciembre. Los festejos que tuvieron lugar en la capital austriaca con motivo de nuestro imperial matrimonio dicen que fueron de los más ostentosos que hasta entonces se habían visto, incluso se estrenó una ópera. Viena me deslumbró. Yo que estaba acostumbrada a la rígida y tristona corte española, andaba, apabullada y como en una nube. Claro, ¡era tan joven!

La noche de la boda pasé mucha vergüenza. Bien que me lo habían explicado, pero ya, conforme mis damas me quitaban las mil y una capas del traje y me preparaban con la camisa de noche, comenzaron a temblarme las piernas. Primero me tumbe en la cama yo. A continuación entró en la habitación el Emperador, e hizo lo mismo. Y una vez los dos en el lecho, ¡menudo paseillo el del Arzobispo! Yo, tal que postrada cerré los ojos. Cuando todos salieron y se cerró la puerta, me deje hacer, era para lo que me habían preparado. ¡Que bruto! Pero en fin, apreté mis finos dientes y pronto, él, calló vencido por los muchos alcoholes que había degustado. Y eso, que para la ocasión, habían escrito un Himeneo, un documento, que debía servir como modelo de comportamiento en el seno de la unión conyugal. En él, se alababa el matrimonio como institución. Pero en realidad fue un panegírico, auténtica propaganda política, con toda la genealogías, apologías dinásticas de mi augusto esposo y yo misma. Yo no entendí nada, y eso que tenía un traductor, pero, como estaba en alemán...


Portada del Epitalamio con motivo de los esponsales imperiales
entre Leopoldo I y Margarita

IMAGO Revista de emblemática y cultura visual [Núm. 2, 2010] pp.20

Los primeros meses, me divertí bastante, era una corte con festejos continuos. Todo eran, cenas amenizadas, bailes, conciertos, yo les hacía gracia y procuraba ser amable, aunque con discreción. Hasta los desayunos y comidas eran puro deleite. Me habían educado con gran rigor y allí casi todos eran,  como decirlo… algo libertinos, pero es que yo... por primera vez en mi vida ¡disfrutaba tanto! Y cuando su majestad el Emperador, salía de caza, aprovechaba para descansar un poco, al fin, llegaba agotado… Aunque la verdad es que siempre me sentí una extranjera, nunca acabe de congeniar con aquellas gentes, menos mal que tenía a mi séquito español. De hecho, jamás aprendí esa extraña lengua más propia de bárbaros, que de seres humanos. ¡Pero si es que... admitían hasta a los judíos!


Vestidos con trajes de teatro y retratados
por Jan Thomas. Ella con 16 años

Además, comencé a cansarme de tanto jaleo y acusaba mucho el frío de unos inviernos que además eran eternos. Echaba de menos el sol. Y así, pronto las cosas cambiaron, enseguida me quede embarazada. A los 16 años, tuve a mi primer hijo, Fernando, pero falleció antes de cumplir un año. Yo, que con tanta ilusión lo había esperado, y que tanta alegría había generado en la corte, al ser un varón porque el Sacro Imperio, ya tenía sucesor, quede destrozada. Mi etapa de dolor y luto fue larga.
De esa época es el cuadro de abajo. No hay más que verme. Además de desmejorada, cada vez me sentía más fea... la realidad es que conforme maduraba me parecía, físicamente más, a mi fallecido padre.

Pero después de cumplir 18 años nació mi primera hijita, María Antonia sana, fuerte, se crió de maravilla sin problemas, aunque también a ella, ¡una niñita! quisieron complicarle en asuntos de estado, porque durante mucho tiempo, como en España la salud de Carlos II, mi hermano, era tan frágil, ella fue depositaria de los derechos de sucesión a la Monarquía Española. Llegaron incluso a prometerla con él, ¡Mi propio hermano! Gracias a Dios, la cosa no llego a más.

A los 18 años, de luto por su hijo, pintada por Diego Velázquez


Yo con todo esto sufría mucho, me pasaba la vida rezando y suspirando. Al año siguiente, con 19 años, volví a dar a luz a un niño, pero tampoco sobrevivió. De nuevo me vine abajo. Y otra vez hice lo imposible por sobreponerme. Hacía todo cuanto me ordenaban los galenos, comía incluso desganada, y así, cuando recuperé el ánimo, a los 21 años, otra vez de nuevo, estaba embarazada. Y otro parto y otro niño muerto. Sólo que ésta vez, ya no tuve fuerzas para sobrevivir a sus secuelas.

¡Estaba literalmente agotada!

Y allí me quedé. Fallecí en Viena, el 12 de marzo de 1673. Según la tradición de los Habsburgo, acabé depositada en la cripta de la Iglesia de los Capuchinos de esa hermosa ciudad. En fin, que así se me pasó la vida, fui halagada, pero a la postre, solo me utilizaron, como a las vacas de los labriegos que poblaban cualquier villorrio del campo.

Por eso, si os acercáis a Viena, entrad a verme, que en El Prado mucho visiteo, pero a Los Capuchinos no se acerca casi nadie. Además, todos los túmulos son tan parecidos… y es que aquí, todos somos iguales, pero una, sigue teniendo el espíritu en el Madrid que la vio nacer.


Tras una columna, el sarcófago de la Emperatriz Margarita Mª Teresa
isla-muir.blogspot.com



lunes, 26 de septiembre de 2016

DOLOR, MÚSICA,Y SENTIMIENTOS: EL GRAN BEETHOVEN




Retrato realizado por Joseph Karl Stieler en 1820.

Por aquello de que la música amansa el espíritu, estaba ayer, escuchando música clásica que evocase a este tibio mes de septiembre. Gozaba oyendo la  Sonata para violín nº 5 en fa mayor, Opus 24, de Beethoven. La publicó en 1801 y se la dedicó al conde Moritz von Fries. Os dejo aquí el enlace por si os apetece escucharla, dura casi media hora, pero es un verdadero regalo: https://www.yotube.com/watch?v= x4YR0IXlny8 Siempre me ha fascinado la música de Beethoven. Ludwig van Beethoven, el gran músico alemán,  nació el 16 de diciembre de 1770 en Bonn. Fue a su padre, que era director de orquesta, a quién se le metió en la cabeza que estudiase música, y se lo impuso desde que era un niño, porque captó las aptitudes que tenía. A los siete años tuvo su primera actuación en público, a los 12 años, publicó su primera composición, y ya estaba como asistente de Christian Gottlob Neefe, quíen a su vez, era desde 1782 organista de la corte del príncipe elector Maximiliano Federico von Königsegg-Rothenfels, arzobispo de Colonia, y Münster. Con él aprendió mucho. Pero el pequeño Ludwig no era feliz. Era tal la presión que su padre ejercía sobre él, que el niño sentía que no tenía infancia. Además su padre, estaba alcoholizado y su madre padecía tuberculosis. Indudablemente, no tuvo una infancia que pudiera ser calificada como dichosa.

Pero lo que me interesa aquí, no es tanto exaltar su semblanza biográfica, sino más  bien, resaltar como, una persona que llegó a sufrir tanto como Ludwig van Beethoven, consiguió dejar tan extraordinario legado musical, no sóloo su precocidad, ni su virtuosismo, sino por la belleza y el sentimiento que expresa su obra.

Y es que una vez más se demuestra que el dolor y el sufrimiento, pueden despertar los estímulos de la sensibilidad más profunda del ser humano, siempre y cuando, éste, tenga las aptitudes y la decisión de querer desarrollarlas más allá, si cabe, de sus propias fuerzas.


Casa natal de Beethoven en Bonn

En 1787, Beethoven se fue a estudiar a Viena, gracias a que el conde Ferdinand von Waldstein, absolutamente convencido de su valía, se convirtió en su benefactor, porque para entonces, su padre, a causa del alcoholismo, ya había perdido su trabajo. Pero, enseguida, su madre cayó enferma, y tuvo que regresar a Bonn. Cuando ella murió, en noviembre de 1792, él, regresó a Viena para estudiar con Joseph Haydn. Mientras estudiaba, vivía y mantenía a sus hermanos dando conciertos, enseñando piano y vendiendo sus composiciones, porque para entonces, su padre también había fallecido.

Muy pronto su vida se vio inmersa en varias enfermedades y en las crisis psicológicas que estas que éstas le provocaban. Los síntomas de su conocida sordera comenzaron cuando todavía joven, existen testimonios de cartas a algunos amigos fechadas en 1801 y 1802, en las que ya muestra auténtica angustia por el problema. En ellas destacan frases como éstas:

“…Qué triste es lo que me tocó, debo evitar todas las cosas que me son queridas…”
“…Debes saber que mi facultad más alta, mi oído, se ha visto grandemente deteriorada…”
“...Te suplico que mantengas un profundo secreto acerca del asunto de mi sordera, no lo confíes a nadie, no importa a quien…”


“...Por supuesto que estoy resuelto a elevarme por sobre cualquier obstáculo, pero como será eso posible…?”

Firma de Ludwig van Beethoven

Primero, comenzó a perder la capacidad de oír bien los sonidos agudos, por eso a medida que se quedaba más sordo, aumentaba el uso de las notas bajas y medias. Poco a poco, acabó utilizando una serie de trompetillas, antes de llegar a la sordera total. Parece ser, que “Beethoven podía componer sobre el papel e imaginar las notas, escucharlas en su cabeza”.


Diversos útiles fabricados intentando que Beethoven pudiese oír mejor 




La obra, la personalidad y las enfermedades de Beethoven, han sido muy estudiadas. Investigadores holandeses, aseguran que conforme avanzaba la pérdida de audición, de forma paralela, evolucionaban sus partituras.

Pero además, sufrió toda una serie de problemas físicos serios, hepatitis, cirrosis, inflamaciones intestinales, sífilis, llegando a tener los huesos y los riñones cada vez más débiles… No hay que ser muy listo como para adivinar que muchas de ellas están vinculadas a una vida "bastante libertina, o licenciosa", por expresarlo de una forma delicada. Parece ser, que además del alcohol y su ajetreada vida sexual, tenía un mal genio que lo hacía realmente insoportable. 

A su muerte, achacada a una pulmonía, el posterior análisis de sus cabellos detectó una cantidad de plomo imposible de poder ser tolerada por cualquier persona. Al parecer, esto se debió a que en aquella época, el exceso de mucosidad que provocaba la pulmonía, se trataba con sales de plomo… Falleció el 26 de marzo de 1827 en Viena. Por aquel entonces hacía mucho que ya no podía dirigir en público a causa de su sordera y que se comunicaba con su entorno por medio de un cuaderno.

Partitura dedicada a Antoine von  Brentano

          Pero además tampoco fue afortunado en el terreno amoroso. Parece ser que entre las diversas relaciones que mantuvo, existió una bastante especial, con Antoine von Birkenstock, casada con Franz Brentano, uno de sus amigos, pero que termino en ruptura, y éste hecho lo sumió en una profunda tristeza. También se enamoró de sus primas, las hermanas Josephine y Therese de Brunswick. En 1801, con treinta años, ya completamente sordo, conoció a Giulietta Guicciardi, que tenía 16. A ella le dedicó la bellísima Sonata “Quasi una fantasia” más conocida como “Claro del Luna”.  Pero no termina aquí, hacia 1810 vuelve a enamorarse, esta vez, de Teresa Malfatti, con la que llegó a pensar en  contraer matrimonio, y en 1811 anduvo rondando a la famosa y al parecer, bellísima cantante, Amelia Sebald, que acabaría casándose con un consejero de Estado. Tuvo muchos más amores, pero ninguno llegó a buen fin. Fue rechazado en todas y cada una de las propuestas de matrimonio que realizo. Al parecer, siempre lo intentaba con mujeres que estaban muy por encima de lo que él podía ofrecer económicamente...

Al final murió soltero y sin descendencia humana, y lo expreso así, porque sin embargo, legó para la posteridad a la humanidad, una maravillosa herencia musical que lo ha mantenido vivo hasta la fecha.


Por cierto os pongo al final, otro enlace con You Tube, para quiera disfrutar la Sonata “Claro del Luna”. Está interpretada nada más y mana menos que por Daniel Barenboim, dura 16,49 minutos, a pesar de ser una de las más conocidas, es una verdadera delicia, sobre todo si se la escucha completa.

Plumilla de Beethoven en su lecho de muerte

Tumba de Beethoven en el cementerio de Viena

lunes, 19 de septiembre de 2016

TEMPUS FUGIT

"En la playa de Bournemouuth" de Henry SacttTuke, 1882


SOLEDADES  LXXVIII

         Y ha de morir contigo el mundo mago
donde guarda el recuerdo
los hálitos más puros de la vida,
la blanca sombra del amor primero,
la voz que fue a tu corazón, la mano
que tú querías retener en sueños,
y todos los amores
que llegaron al alma, al hondo cielo?
¿Y ha de morir contigo el mundo tuyo,
la vida vieja en orden tuyo y nuevo?
¿Los yunques y crisoles de tu alma
trabajan para el polvo y para el viento?
                                     
                                                                        Antonio Machado




Vivo durante los últimos días otra contradicción personal. El hecho, por lo demás no me resulta ajeno. Nunca he sido persona aferrada a verdades, que a su vez no me condujeran a otras tantas dudas, de tal modo, que esta situación al resultarme familiar, no me atemoriza en absoluto.

Sin embargo, lo que ya empieza a darme mala espina, es el hecho de forma continua y habitual, mi pensamiento nada ya contra corriente. ¿Será la edad? Me explicaré con un ejemplo. 

A menudo, psicólogos, sin duda bienintencionados, y todas esas corrientes de autoayuda que tan de moda están, sugieren una idea que ha calado profundamente en nuestras mentes. La tal quimera, no es otra, que la de sostener que uno se mantiene joven mientras su espíritu o mente así lo están. Y esto se va trasmitiendo entre las gentes, de unos a otros, como antaño, se escuchaba en España aquello de “Ave María”, para que de inmediato, se contestase “sin pecado concebida”.


"Calma" de Giorgio Belloni, 1913


Tengo los suficientes años, 61, por más señas, como para conocer y haber conocido a lo largo de mi vida a muchos viejos. He disfrutado de una vida muy activa y como me ha tocado trabajar bastante, también he procurado divertirme todo lo posible. En fin, que he vivido.

Pero desde hace unos pocos años, la visión del microcosmos que me rodea está haciendo que tome conciencia de que esto ya no es lo que era. Podrán decir lo que quieran, pero una no se mantiene joven sólo porque se le antoje, o porque se entrene.
No, una, que conoce su cuerpo y medianamente como rige su cabeza, sabe que además de pesar las enfermedades, los años van trazando sobre nosotros, unas huellas imborrables. Es, como si sobre una tierra virgen, fuesen surgiendo volcanes, terremotos, huracanes, tiempos de calma chica… en fin, al cabo del tiempo, intente usted cultivarla para que rinda una buena cosecha como , que ya verá el resultado. Además, a medida que pasan los años, las neuronas se regeneran en menor cantidad.  Y que conste que esto no es un lamento. Es únicamente la constatación de una realidad. Puro pragmatismo

Por otra parte, una languidece, y se apaga también, porque cada vez le acecha más la muerte de amigos próximos, y siente que con cada funesta ocasión, la vida propia sufre y se va desgastando dolorosamente.

Tampoco cabe llamarse a engaño, conozco personas que estudiaron conmigo, y  siempre he afirmado que fueron viejas desde antes de hacer la primera comunión, Y me reafirmo en lo escrito. No, no estoy hablando de ningún tipo de progeria. Eran niñas, serias hasta el aburrimiento, dóciles cuan ovejas y que para colmo, vestían como señoras mayores pero en pequeño. Y así han seguido toda su vida…

"Pradera en llamas"  de Paul Klein , 1849


Me enfrento pues a la vejez y sobre todo a la muerte con desazón, más no por la mía, a la que no temo en absoluto, sino por el sufrimiento que me provoca soportar la de las gentes que quiero, y que de verdad, ya empiezan a ser demasiadas.

Las doctrinas religiosas, siempre han intentado dar explicación y sentido al dolor y a la muerte, antiguamente, en cambio, los mitos, se limitaban a exponerlos,  sin darles un sentido profundo. Cada cual se aferra a lo que puede o quiere para vivir, y salir de este viaje.
Mi conclusión es que aquí y ahora, vivimos demasiado tiempo. Es obvio, que la muerte forma parte de la vida de manera inexorable, no obstante, a veces tiene la osadía de presentarse de una forma tan brutal y sorpresiva que cuesta demasiado digerirla.

En cuanto a la vejez que se dejen de moñeces. Cada uno envejece como es, como ha vivido, un vago nunca envejecerá de forma amable y servicial. El antipático, jamás será un viejecito amable. Una persona que lo único que ha hecho ha sido trabajar (¿?) y ver la televisión, nunca tendrá una vejez con activa…por muchos talleres, con los que pretendan hacerle envolver el tedioso paso de los días. Y el que ha sido capaz de reírse de si mismo, probablemente será un viejete simpático. 

La vida es movimiento, bastante se deteriora nuestra parte física como para dejarnos adocenar las cabezas, pero en fin… uno elije, en el mejor de los casos, como vive, lo que ya no está tan claro es que se pueda escoger, el cómo y en qué momento morir. 

Yo por si acaso, a pesar de que siempre tengo mi crucecita, llevo también en mi bolsillo dos monedas, no sea cosa que me pille desprevenida el encuentro con el barquero... 

"El paso de la laguna Estigia", Patinir, 1520-1524

La muerte y yo firmamos un pacto. Ni ella me persigue, ni yo le huyo a ella. Simplemente algún día nos encontraremos:

miércoles, 7 de septiembre de 2016

PASADOS VACIOS






No todo tiempo pasado fue mejor. 
Aun así, los lugares abandonados parecerían indicar lo contrario. 
Con el deterioro, el abandono y la destrucción, 
la memoria idealiza el brillo 
y el oropel que muchos de esos sitios nunca tuvieron, 
exagerando los lujos y el bienestar 
que disfrutó la gente mientras vivía en ellos. 
Los criterios de análisis se alteran 
y sobrevaloramos las cosas por 
el solo hecho de que ya no están. 
El recuerdo nostálgico es el responsable de tal operación
 y, frente a las ruinas de «lo que ya no es» 
(o «dejó de ser»), 
la antigua realidad adopta características que nunca tuvo. 
El contraste con aquel pasado, 
considerado como una 
Edad de Oro”, 
explota cuando se observan viejas fotos 
y los restos de la juventud se materializan en 
las estáticas imágenes de las placas. 
Felicidades congeladas. 
Cotidianeidad eternizada por una máquina fotográfica.   
Fernando Jorge Soto Roland




Caminar entre pueblos abandonados, suele sumergirme en un laberinto de emociones, que a menudo alcanzan a derivar en refractarias o incluso antagónicas entre sí.
Recuerdo la sensación de tristeza, que me produjo, hace ya muchos años, visitar uno de éstos pueblos de la Sierra de Guara. Al entrar en la escuela, tirados, y cubiertos por el polvo, todavía aparecían tendidos sobre el suelo, cuadernos, libros y por supuestos los pupitres e incluso algún mapa. También habían dejado tiradas algunas cartillas de racionamiento, como si en esa marabunta, que se produce, al pasar página de forma violenta y renegada, alguien hubiese querido mezclar, para dejarlos juntos, agavillados, los recuerdos de los más sórdidos momentos. Confieso que me llevé una.

Más adelante, he ido conociendo otros caseríos, pero ya completamente desvalijados. Siempre que me veo en tal situación, me aborda un sentimiento, que no es otro, sino el de perpetuar sobre mi conciencia, el hecho de que, al llevarme yo aquella cartilla, de alguna manera, también estaba contribuyendo al pillaje y la devastación.





Suelo verlos cuando el tiempo acompaña, pero por mucho sol que brille, nada puede evitar que una gran sensación de vacío, de soledad y de desamparo, me atrape ante esas casas y calles que un día estuvieron llenas de vida.

En ocasiones, todavía puede apreciarse, que en algunas de ellas, sus dueños, perseveran en el intento de que no terminen de caerse. Se nota, como de vez en cuando dan una vuelta, renuevan la cadena y el candado, le colocan alguna uralita al tejado… 

Por el pirineo, si el acceso es decente, las hay incluso, que hasta hace poco tiempo casi eran una ruina, y sin embargo, recientemente están comenzando a ser restauradas.





Pero hay lugares apartados, menores, en donde seguramente nunca volverán a escucharse ya, los ecos de lo que, en otro tiempo, fueron voces cotidianas. Están prácticamente derruidos y comidos por la maleza.




A mí, cada vez que intento penetrar en ellos, se me desbordan las ideas y llegan a convertírseme en quimeras. Veo esas rejas de balcón, que se sostienen haciendo, malabarismos en el aire, y los imagino llenos de geranios y con algún gato sesteando.




Tras lo que queda de la estructura de una ventana que en ocasiones, no es, sino únicamente el dintel, veo a alguna abuela tocada con pañuelo y toquilla tras los cristales, en un día de intenso frío. 
















































Y en esas pequeñas plazoletas, casi veo hablar a las mujeres, al atardecer de los meses de verano, cada una con la silla traída de su casa, mientras los hombres se fumaban esos eternos cigarros de petiquera, a la par, que arreglaban su pequeño universo sentados en bancales de piedra.

O en los lavaderos, ¡Cuantas habladurías, cuantas estratagemas en torno a no se qué noviazgos y cuantos bulos de embarazos…! Pero también, que buen lugar, para llorar a escondidas a los muertos y para compartir secretos que llegaban de lejos.










Pero lo que más pena me da son las casas y sus silencios. Y en ocasiones pienso que algunos de los que marcharon no lo hicieron del todo, y que desde lo más sombrío de lo que todavía se conserva en pie, nos ven. Intrusos, atajo de rateros, pensarán, ahora llegáis… a contemplar la ruina de este pueblo… que hasta los llamadores de las puertas, los herrajes y las placas del sagrado corazón nos las habéis robao.

Y sin embargo sigo visitando estos lugares, quizás porque en su silencio se mezclan mi inquietud y mi nostalgia, y me despido de ellos, cada vez que inicio el retorno a la civilización, con el ruego, no sé muy bien a quién, de que en cuanto pueda, regresare a visitarlos.




Las fotografías son de la autora y pertenecen a núcleos despoblados del Pirineo Aragonés


Los lugares abandonados 
destilan un “anhelo del pasado”, 
un sordo sufrimiento por algo que se tenía 
y que ahora ya no se posee ni controla. 
Los sitios abandonados encarnan 
al pasado convertido en paisaje. 
Materializan el desgastante paso del tiempo, 
y sus secuelas.